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lunes, 16 de febrero de 2015

Entrevista a Mireia Long por Chus Gómez

Hola a todos, en esta nueva entrada, queremos compartir con vosotros la gran entrevista que nuestra amiga y gran profesional Chus Gómez, le hizo a Mireia Long ( Pedagogía Blanca) con motivo de su visita a Pontevedra para impartir el taller  DEJA DE GRITAR en el Pazo da Cultura organizada por nosotros.
Esperemos que disfrutéis de ella!!! y gracias a Chus por compartirla con nosotros.
* la entrevista se publicó originariamente en el Diario de Pontevedra el 7 de febrero del 2015 y  las fotos son de David Freire.




Mireia Long pedagoga, antropóloga y codirectora de la Pedagogía Blanca

▶ ¿Es posible una crianza sin gritos? ¿Dónde poner los límites a un niño? La fundadora de la Pedagogía Blanca está convencida de que sí. No es fácil, pero puede lograrse utilizando técnicas y herramientas con un objetivo claro: mejorar la vida familiar, crear un entorno agradable y conseguir que los pequeños se conviertan en seres humanos libres y felices.


«Hay que dejar que los niños decidan,
un día tendrán 16 años»




Chus Gómez

Madre, profesora y periodista, licenciada en Historia y especializada en Antropología de la Crianza y la Educación, pedagoga y especialista en Comunicación, Mireia Long es además codirectora de los programas Pedagogía Blanca (pedagogiablanca.com) y Mujeres Empoderadas. Los días 31 de enero y 1 de febrero estuvo en el Pazo da Cultura de Pontevedra impartiendo los talleres ‘Deja de gritar’, organizado por el Grupo de Apoio á Lactancia de Lérez Teta Meiga, y ‘Los famosos límites’ en Docentia.

¿Realmente es posible criar uno o más hijos sin gritarles nunca?

Sí es posible educar a nuestros hijos sin gritos. Lo que no vas a poder hacer es no gritar nunca jamás en tu vida, pero sí puedes utilizar muchas herramientas para perder el control solo en casos extremos, no todos los días, que es lo que les pasa a muchos padres. Sea cual sea el estilo de crianza y educación de los padres, su ideología, su clase social, a todos los padres con los que hablo les gustaría gritar menos a sus hijos. Porque sienten que pierden el control, saben que están dando mal ejemplo y se dan cuenta de que a la larga no sirve de nada. Y después se sienten culpables. A nadie le gusta gritar.

Sin embargo, es lo más habitual. ¿Por qué ocurre esto?

Hay muchas razones. Estamos muy estresados y es más fácil perder el control, pero ocurre con tu hijo y no con tu marido, tu jefe o tus amigas. Lo hacemos con los niños porque podemos. Más que autoridad, es poder. Y los propios niños están muy estresados. Pensamos que ahora están muy mimados, que se les consiente todo, pero se les consienten cosas que no son realmente las que necesitan. Los separamos de sus madres siendo bebés, los llevamos al colegio, donde están horas y se les exige estar sentados y callados. Tienen muy poca vida al aire libre, muy pocas horas de juego completamente libre. Les gritamos también porque en el fondo, cuando tienes una responsabilidad enorme, tienes una carga muy grande sobre tus hombros y de todo lo que vamos a hacer en la vida, a no ser que seas cirujano cardiaco o piloto de avión, no vas a tener una responsabilidad tan grande en tu vida que ayudar a que otra persona se convierta en un ser humano completo, libre y feliz. Estamos acostumbrados a que se grite a los niños. A la mayoría de nosotros nos han gritado y aunque no nos guste es algo permitido en la sociedad y cuando estamos bajo mucha presión, algo que no queremos hacer sale como un acto reflejo. Parece poco, pero somos tres o cuatro veces más grandes que ellos y cuando un padre grita a un niño es aterrador. Te paraliza, mina tu autoestima, la confianza que tienes en esa persona... No nos gusta.

¿Podemos dejar de gritarles?

Yo creo que sí. ¿Cómo? Lo primero es convencerte de que no quieres. Igual que piensas ‘le daría un azote’, pero no lo haces. Pues igual, ‘aunque esté al borde del colapso no le voy a gritar’. Le hablaré seria, con una voz más dura, pero no me voy a poner a gritar. Porque ya no es que grites, es que te descontrolas y dices barbaridades. ‘Me tienes harta’, ‘No te aguanto’, ‘Me vas a matar’... Analiza lo que estás diciendo, que son unos mensajes demoledores para el niño. Cada vez que vas a hacerlo, porque lo notas, hay una serie de técnicas para pararlo, dar un paso atrás, observar la situación y enfrentarla de otra manera.

¿Y cómo se hace eso?

Si tu vida es tan agobiante que todos los días le gritas a tu hijo tres o cuatro veces, ¿qué es lo que tienes que hacer? ¿Cambiar a tu hijo o cambiar de vida? Hay veces que tenemos que realizar determinadas acciones para que nuestra vida sea más sencilla y más feliz. Estamos vivos ahora y ¿qué queremos, que nuestros hijos nos recuerden perdiendo el control continuamente? ¿Queremos que el día a día con nuestros hijos sea feliz? Son las personas que más amamos. Tenemos que cambiar nuestra vida. Hay gente que me cuenta que todas las mañanas tiene una pelea porque la niña no se quiere poner los zapatos y tiene que ser autónoma. ¿Y cuántos años tiene? Tres. Autónoma será con 18. No crees una bronca todas las mañanas. ‘Es que vamos a tomar café con mis amigas y los niños están corriendo todo el rato por la cafetería’. Ya, es que no es el lugar adecuado para tus hijos de tres y cinco años. Porque ni ellos están a gusto ni estás a gusto tú ni los del resto de la cafetería, que empiezan a pensar en Herodes. A lo mejor tienes que tomar café en un sitio con un parque cerca. También tenemos que introducir rutinas en nuestra vida que nos ayuden a tener mejor estado físico y mental. Son indispensables. Un poco de ejercicio, algo de yoga, meditación, reza si eres religioso... Hay técnicas para apartarte de la situación. Una respiración, dar un paso atrás físicamente, reflexionar sobre ello, acostumbrarte a pensar lo muchísimo que quieres a tu hijo antes de gritar. Si te acostumbras poco a poco a hacer esas cosas controlas el grito y lo dejas para cuando hay que gritar: cuando el niño va a cruzar la calle solo. Ahí sí. Pero no puedes decir ‘¡alto!’ porque se está subiendo a la escalera, a la silla, porque está cogiendo la taza...

Es decir, habría que elegir el momento y dosificar el grito.

El grito existe en nuestra manera de comunicarnos. Sirve para descargar una máxima tensión, pero no en tu hijo y menos si es porque vienes estresada del trabajo. Si un día normal lo que hace el niño no te molesta y hoy sí, entonces no es su culpa, es de tu entorno, no lo descargues en él. También puedes usar ese grito para lo que es natural, momentos de máximo peligro mortal. Si le gritas a tu hijo seis veces al día, ¿es que hay seis situaciones de riesgo mortal al día? Son tonterías que nos molestan. Una escalera con una barandilla es una tentación para un niño, pero él no está haciendo nada malo. Está haciendo lo que naturalmente su biología le indica que haga: escalar, saltar, tirarse en los charcos... Es lo que necesita para desarrollarse. Si te has preocupado de que tu hijo pueda saltar y escalar todos los días en un ambiente seguro, después sí va a poder estar en un sitio. Pero si tú no le dejas, ni en el colegio, el niño lo hará donde pueda porque internamente existe esa necesidad. No puedes perder el control y pretender que tu hijo se controle. Al final te das cuenta de que casi todo lo que hace es comprensible y de que le estás poniendo unas normas que él todavía no entiende que sean necesarias. No puedes enfadarte. A medida que vaya creciendo se adaptará a esas normas sociales, pero no puedes pedirles con dos años que entiendan la necesidad de irse a la cama a las ocho en punto. Su cerebro no funciona así.

Otra de las preocupaciones de los padres son los límites. ¿Cómo establecerlos para lograr una educación exitosa?

Los límites son algo natural en la vida. Hay una tendencia en la crianza respetuosa que habla de que a los niños se les debe dejar autorregularse en todo porque ellos encontrarán sus límites. Eso, mal entendido, puede llevar a confusiones. Los límites y la seguridad del niño son responsabilidad tuya como adulto. El niño tiene un año o dos de experiencia vital, un desarrollo mental que no es el de un adulto. Eres el responsable de su bienestar y de ayudarlo a crecer de forma integral. Hay tres límites que siempre tenemos que poner los adultos: no te haces daño a ti mismo, no me haces daño a mí y no haces daño a los demás. Eso de que los niños se arreglen entre ellos es el mayor error que se puede cometer. Los niños no están preparados para gestionar su agresividad de forma que no dañen a otros. Los sentimientos negativos de ira, rabia, enfado, celos... son naturales y no hay que reprimirlos, pero jamás debemos dejar que el niño los descargue en otra persona, sobre todo en otro niño. Nuestro deber es estar siempre presentes en la vida de los niños, enseñándoles y ayudándoles. No vas a dejar que tu hijo ponga en riesgo su vida ni su integridad mental, psicológica, emocional... El último responsable de la educación de tu hijo eres tú. Con los límites hay gran confusión. Por que al niño le limitemos siempre en todo no va a ser mejor persona y por que le dejemos vivir sin ningún límite, tampoco. Cada norma que ponemos a un niño es muy relativa.

¿Hasta qué punto podemos dejar decidir a los niños?

Cuando un niño es pequeñito en el 90% de las cosas vas a decidir tú. Hay otras en las que puedes permitirle decisiones autónomas. Por ejemplo, ¿quiere ir vestida de princesa a la calle? Vale, pero que se ponga los zapatos. A medida que pasan los años tenemos que acostumbrarnos a que los niños tomen decisiones y dejarles más autonomía, porque a la gente se le olvida que sus hijos van a tener 16 años. Mi hijo va a cumplir 15 y tengo total y absoluta confianza en él para todo. ¿Cómo lo he conseguido? Dejándole una autonomía paulatina y estando muy pendiente de él, dándole una educación en la que le transmites valores, le das ejemplo, le explicas las cosas, lo escuchas. Pero si no les dejas decidir, cuando tengan 18 años no habrán tomado jamás una decisión. A los 16 o 18 casi todos los chicos se van a enfrentar a la situación de que alguien les ofrezca drogas, de empezar a tener relaciones sexuales, y tendrán que decidir con quién las tienen y qué medidas de protección van a tomar. Si has establecido una muy buena comunicación con tu hijo, en el momento que decida hacer eso, te pedirá consejo. Se va a encontrar en la situación con un amigo que está bebido y que tiene que subir en el coche. ¿Qué quieres que haga? Que se suba en el coche o que te llame a las tres de la mañana: ‘mamá, me he equivocado. Estoy con unos amigos en otro pueblo, están borrachos, ven a buscarme’. Esa situación va a pasar y la mayoría se van a volver con un amigo. Es así.

Y todo por evitar la bronca.

Sí, pero eso no quiere decir que no le digas en qué se ha equivocado, pero son errores y situaciones a las que cada uno de nosotros se enfrenta en la vida. Lo único que puedes hacer es esperar que tus hijos confíen en ti, ayudarles si han cometido un error y dejarles cometerlos, pero habiendo permitido que eso sea paulatino, para que cuando llegue el momento de tomar una decisión importante sepan qué hacer, decidan por ellos mismos. Eso es autonomía, no comerse la papilla solos con un año y medio ni ponerse los zapatos a los dos. Cuando son pequeños, vamos a separarlos de mamá para que sean autónomos, ponerles normas, vamos a hacerles hacer muchísimas cosas que les cuestan, y cuando sean adolescentes no les vamos a dejar hacer absolutamente nada. Por ejemplo, ¿cómo es posible que un niño de 16 años quede con alguien que ha conocido en un chat? ¿Qué pasa ahí? Que no tiene confianza en sus padres ni tiene idea de como manejar los riesgos en la vida. Nadie le ha dejado nunca ensayar con riesgos más pequeños, pero los 16 años están ahí. Pasa el tiempo rapidísimo con los hijos. Otra cosa que hay que hacer es dedicarles muchísimo Más que las notas que saquen, lo que importa es darles confianza en sí mismos y dejarles elegir» tiempo. No basta una hora al día de calidad, eso es mentira.

Sin embargo, el actual ritmo de vida dificulta cada vez más pasar tiempo con los hijos. ¿Cómo se puede avanzar en la conciliación familiar y laboral hoy en día?

Sería maravilloso que pudierámos vivir con dos medios sueldos, pero realmente no podemos en muchos casos. Cada persona tiene que buscar su camino. Yo trabajo on-line, pero sé que eso no lo puede hacer todo el mundo. El pequeño emprendimiento en casa es algo limitado. El tiempo que puedas estar con tus hijos estate con tus hijos, de verdad, no basta con media horita haciendo los deberes. Cuando tengan siete u ocho años, ¿vas a estar dos horas haciendo deberes, que además no te parecen adecuados y le crean ansiedad? Hay que aprovechar el tiempo con los niños, sobre todo cuando son más chiquititos. Ellos irán pidiendo poco a poco autonomía y soledad, pero cuando lo necesitan hay que hacer un esfuerzo enorme por estar. El tiempo pasa rapidísimo. Vamos a vivir 80, 90 o 100 años y puedes dedicarle esos cuatro o cinco que tu hijo necesita plenamente y construir una relación de verdadera confianza. Hay quien no conoce a sus hijos y solo se queja de ellos.

Como, por ejemplo, por culpa de las malas notas.


A mí me da una pena cuando le preguntas a una madre ¿qué tal tu niño? ‘Ay, no le gusta estudiar, saca muy malas notas...’ ¿Y algo más? ‘Sí, es buen niño, pero como lo tengo que castigar tanto por las notas...’ ¿Solo vale de una persona las notas que saque en el colegio? ¡Anda que no hay gente que no ha tenido una buena vida escolar y ha montado empresas, viajado por el mundo y ofrecido toda clase de conocimientos a la humanidad! Y personas muy estudiosas que no tienen una vida satisfactoria y ni siquiera han conseguido sus objetivos vitales. Lo que importa, más que las notas que saquen, es darles confianza en sí mismos, en que pueden lograr sus sueños. Escuchar qué es lo que les gusta de verdad, sus pasiones, dejarles elegir mucho más porque al final es lo que tendrán que hacer, van a ser adultos y van a tomar sus propias decisiones, nos gusten o no. La mejor manera de tener un hijo ateo es obligarle a ir a misa y la mejor manera de que pueda caer en una secta es negarle cualquier conocimiento o experiencia que no sea el que tú consideras que es adecuado. Las personas necesitan experiencia y conocimiento. No podemos obligarlos a que sean exactamente la misma persona que somos nosotros o peor todavía, la persona que quisimos ser y no pudimos.

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